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Por Areli Paz

Ídolo: persona a la que admiras con pasión, no le ves defectos y sólo pones por encima de todo eso que te hace admirarle: su belleza, inteligencia, espiritualidad, talento, riqueza, creatividad.

¿Quién sabe qué… Qué sé yo?: frase inexplicable de algo que nos gusta sin razón alguna. 

Realidad: el mejor contrapeso de cualquier ensoñación. 

Teníamos 7, salíamos de las clases y juntas corríamos a un pasillo sólo para verlo pasar. 

Él era de secundaria, unos 13 sí tendría. Se llamaba Eduardo, no sólo era guapo, era divertido y solía saludar a todos y todas. 

No sólo era el más famoso de la escuela, sino el más deseado. Calma, a los 7 uno no entiende ningún deseo más que el de una sonrisa personalizada. 

Algunas veces nos topamos con él cuando era hora de subir al camión. Era bonito que cargara las mochilas de las pequeñas y las dejara en nuestros lugares. 

Lo veíamos deportista, en el cuadro de honor y olía siempre bien. 

Tenía un defecto: una novia muy grosera con los de junto. Pero con tal de saludarlo soportamos que ella nos dijera “mocosas, greñudas o dientonas”. 

Era un ídolo. Niñas y niños queríamos ser como él.

Un buen día lo vimos discutiendo con la novia “mala persona” debajo de unas escaleras, se desesperó y le jaló el cabello tanto que sentí como tronaba su cuello. 

Ella salió llorando y con el cuello adolorido. Él se limitó a su sonrisa encantadora, pero esta vez no pude sonreír; me dio miedo, tenía 7, pero sabía que eso no era bueno. 

Después de esa escena tomé distancia, no era yo la implicada, pero no me gustó, a ella comencé a verla diferente, después de pensar que era una bruja que tenía la gema preciada, la vi como una niña que sufría. 

Viene un punto interesante, mis amigas, cuando les conté la historia, no me creyeron, me decían que seguro vi mal, que “Lalito” era incapaz de dañar a una mosca. 

Él sabía lo que yo vi y también tomó distancia, dejó de sonreír y yo dejé de buscar su mirada.

A la distancia este momento me lleva a la historia de Cuauhtémoc Blanco, un exdeportista famoso, ídolo de multitudes, seleccionado nacional que finalmente terminó en la política y en escándalos de corrupción y abuso sexual. 

Para muchos el ídolo se cayó, pero lamentablemente para otros, el ídolo puede más que la realidad de una víctima. 

Lo doloroso del tema es que todos los días vamos por la vida endiosando a gente que no lo vale, que deja pistas de su verdadero comportamiento y que ignoramos porque creemos en una admiración ferviente. 

En varias conversaciones el punto ha sido  “pero lo buen futbolista nadie se lo quita, pero es normal, seguro a él le caían todas las viejas, no sé qué pensar, se ve tan bueno” dicho por mujeres. 

Lo que asusta es que la realidad nos rebase; el sábado vimos al exfutbolista en una función de luchas con cientos de fanáticos rogando por una foto o un autógrafo. 

A pocos les importaba la historia de su media hermana. 

Ojalá logremos ser una mejor sociedad con hombres y mujeres que empaticen con las víctimas, con las historias de dolor y logremos dejar en la basura a los ídolos de papel que se diluyen en un vaso con agua. 

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