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Por María Alatriste

Esta es la última columna de opinión que escribo sobre Corea del Sur. Y es que este país me dejó tantas reflexiones que, aunque estuve bastante tiempo, no me dio espacio para escribir todo lo que quería. Desde su comida, sus tradiciones, hasta sus diferencias culturales y barreras de idioma. Todo fue un reto y al mismo tiempo un aprendizaje enriquecedor.

Gracias a Google traductor, pude entablar algunas conversaciones elementales, muy poca gente habla inglés. Incluso leer los carteles no era fácil, ya que no siempre entendía de qué se trataba, a menos que hubiera imágenes. Todo en Corea es tan rico y tan abismalmente distinto.

Una cosa que noté es lo tranquila que es la niñez. Sé que esto es solo una apreciación personal, porque no tengo ningún estudio científico que lo respalde, pero me atrevo a dar mi opinión. Mi observación me dejó pensando: ¿por qué la niñez en Corea era tan silenciosa, ordenada e impecable? Comían con sus palillos perfectamente, sin hacer mucho ruido, y sus dinámicas parecían desarrollarse con una calma que no lograba comprender.

Todo se hizo más evidente cuando, en una ocasión, mi pequeño quiso jugar en el baño con las tazas que lanzan agua para limpiar las partes íntimas. Puede sonar moderno, pero en ese baño público me parecía desagradable. Puse límites a mi hijo, lo que parecía ser un aliciente para extremar su descontento. Estaba presionada con el tiempo porque debíamos tomar un transporte que nos llevaría a otro lugar. Trataba de aplicar una explicación positiva, siendo lo más ecuánime, paciente y amorosa posible.

Entre el jet lag, las diferencias culturales y lo caótico que pueden ser los viajes con niños pequeños, me sentía agotada. Había varias mujeres, probablemente coreanas, en el baño que solo me miraban a mí y a mi pequeño. A su lado, había unas niñas perfectamente arregladas, obedeciendo dulcemente a sus madres. Yo me sentía tan salvaje en comparación con ellas.

Recuerdo cuando le dije a mi hijo: "¡Hasta aquí!" y lo cargué, alejándolo de su jueguito que me causaba una mezcla de preocupación y náuseas. Mi pequeño, agotado por el jet lag y el cansancio acumulado, comenzó a gritar y a sacudirse en mis brazos. En ese momento, una mujer coreana nos miró con cara de sorpresa y dio un grito de susto. Salí rápidamente de ahí, y en la recepción del hotel, muchas personas nos miraban. Temí que pensaran que estaba haciendo algo malo o que llamaran a las autoridades. Me sentí completamente perdida e incapaz de ejercer una crianza positiva.

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