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Por Marilú Acosta

De las asignaturas que más nos ponían nerviosos, en el primer año de medicina, era anatomía. Nos abrumaba la cantidad de información que habríamos de aprender, además desconocíamos las consecuencias que tendrían las visitas al anfiteatro. En algún momento, nos convencimos que no volveríamos a comer carne después de disecar muertos (sí lo hicimos). El anfiteatro se encontraba en el sótano y los cuerpos se guardaban en tinas de metal, la primera visita la hicimos con todas ellas cerradas. Era un espacio amplio en colores beige, que contrastaba con el metálico de las tinas y desde las escaleras te recibía un penetrante olor a químico que te hacía sentir piquetes en la nariz. Ese olor se mezclaba con el del plástico de los guantes y la tinta azul de nuestras batas quirúrgicas.

Bajamos para la primera disección, era un edificio nuevo y me llamó la atención que faltaran algunos mosaicos de camino al anfiteatro. Dejé mi mochila en los lockers, me puse mi bata, los guantes y ahora sí con todo listo, entré al anfiteatro donde tres tinas tenían las puertas abiertas, exponiendo sus respectivos cuerpos. Nos pidieron que fuéramos respetuosos y agradecidos con quienes alguna vez tuvieron vida, también nos advirtieron que no éramos los únicos que los disecaríamos, los cuatro salones trabajaríamos sobre esos únicos tres cuerpos, por lo que nuestras disecciones tenían que ser impecables. Los profesores describían los procedimientos pero yo no lograba poner atención.

En mi mente aparecían frases que me dolían. “Me están buscando, avísales a mi familia que aquí estoy. Tengo una esposa y tres hijos. Vivo en el Estado de México en una casa. Avísales a mi familia, diles que estoy bien, que voy a regresar.” Miraba a mis compañeros y todos parecían estar concentrados en las palabras del profesor. Me alejé de la tina, me puse a caminar a lo largo del anfiteatro sin saber qué hacer. Una amiga se me acercó y me preguntó qué me pasaba. ¡No sabía qué me pasaba! No entendía porqué tenía esas frases taladrandome la cabeza. Le expliqué, me dijo: salte, sube al salón. Me salí, tomé aire fresco, vi el sol y regresé: tenía que explicarle a nuestro muerto que se encontraba en una escuela de medicina y que no sabía cómo localizar a su familia.

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