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Por Pamela Cerdeira

Llegué a este oficio con dos cosas en la mano: idealismo y mucha ingenuidad. Cuando entrevisto a una víctima de lo que usted quiera —ineptitud del gobierno, crimen organizado, abuso sexual, desapariciones—, una especie de lava negra envuelve mi estómago, quema, y los hechos van tomando color y forma en mi cabeza, como si fuera una película de la que yo soy testigo, no desde una pantalla, sino a un lado de la escena, en vivo. Encontraba algo de paz al saber que, a veces, del otro lado de la radio o la tele había alguien con poder de acción dispuesto a escuchar, una institución a la que le preocupaba su reputación. Y entonces, en la mayoría de las ocasiones, dar espacio a esas historias hacía una diferencia para la víctima. Pero eso ya no es así.

En Los cínicos no sirven para este oficio, Ryszard Kapuściński dice que “el verdadero periodismo es intencional: a saber, aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible.” El tema es que el cambio —ya sea en buscar instituciones que funcionen, autoridades a las que les preocupe su trabajo o ciudadanos a quienes les importe— parece una batalla perdida. Si llevamos los últimos años hablando de la post verdad: el reino de los otros datos, la realidad distorsionada, estos tiempos merecen otro nombre.

Aquí el cinismo es el modelo de comunicación. Ya no estamos en la post verdad. Esto es Cínicom: un sistema donde no se intenta convencer, solo dominar con desfachatez. Entre más burdo sea, mejor.

Donald Trump dijo públicamente que quiere aplicar un “Juanito”: como la reelección para un tercer mandato no está contemplada en la legislación estadounidense, y para cambiarla necesita dos tercios del Congreso, se le ocurrió que puede ser JD Vance el candidato y después cederle el espacio. ¡Un Juanito!

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