Por Stephanie Henaro
Este viernes aterriza en México Kristi Noem, la secretaria de Seguridad del segundo gobierno de Donald Trump. No viene a turistear ni a probar los tacos de suadero. Viene con una agenda clara, botas bien puestas y un mensaje envuelto en cortesía diplomática, pero con advertencias entre líneas. Es la nueva cara del “Estados Unidos primero”… y de “México, que cumpla”.
Para algunos, Noem es solo una funcionaria más. Para otros, es la extensión ideológica del trumpismo duro, disfrazada de pragmatismo. Viene tras visitar El Salvador y Colombia, como quien recorre el vecindario para ver si las bardas siguen donde deben. El tema oficial es la seguridad compartida, pero en realidad, el subtexto es el mismo de siempre: migración, fentanilo y control.
Porque en la narrativa de Washington, el sur siempre es responsable de lo que pasa en el norte. México es una especie de aduana ampliada, una sala de espera extendida para detener migrantes y filtrar amenazas. Y si no lo hace, ya sabemos lo que viene: aranceles, presiones o frases como “vamos a hacer que paguen el muro”, versión 2025.
Kristi Noem llega con la cortesía que da el cargo y la firmeza que da saberse respaldada por una narrativa que en Estados Unidos vende: “México no controla su frontera”, “los cárteles son una amenaza directa”, “hay que hacer algo”. Y ese “algo” muchas veces significa hacerlo por encima del otro.
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