Por Stephanie Henaro
El 2 de abril no pasará a la historia como un día cualquiera. Fue el Día de la Liberación. Así lo bautizaron los voceros del nuevo-viejo orden mundial: el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ya no es promesa, es política activa. Y México, cómo no, fue el primero en recibir su cariñito en forma de aranceles.
Mientras algunos todavía procesaban los ecos del “América First” versión 2016, Trump simplemente lo reeditó con nuevas portadas: castigo comercial para quienes se atrevan a competir con la industria estadounidense. ¿Quién estaba en la primera fila? Nosotros. El vecino incómodo que pone los coches, las piezas, la mano de obra y que ahora, otra vez, paga por ser indispensable.
Los nuevos aranceles no son un accidente ni un ajuste técnico. Son doctrina pura. El trumpismo ha sido liberado —de las restricciones, de las formas, de los pretextos— y ahora impone una economía de trincheras. Una donde México vuelve a ser blanco móvil de una política que entiende el comercio como guerra y la integración como debilidad.
No es casualidad. Es mensaje. Y llega clarito: aunque la relación con Estados Unidos siga siendo “estratégica”, en los hechos nos están recordando que la estrategia no la definimos nosotros. ¿Querías ser parte del T-MEC? Perfecto, pero prepárate para pagar el precio de tener al proteccionismo como nuevo sheriff comercial.
La industria automotriz mexicana, esa que durante años fue símbolo de éxito bilateral, hoy está en la mira. Aranceles del 25% para los coches fabricados fuera de EE.UU. son, en realidad, aranceles para nosotros. Las cadenas de valor que tanto nos costó tejer están ahora bajo amenaza directa, y con ellas miles de empleos, inversiones y planes de crecimiento.
También van por los productos farmacéuticos, el acero, la electrónica. Trump no está improvisando. Está ejecutando el plan que ya conocemos. Lo novedoso es que ahora lo hace desde el poder —y sin oposición real. Los mercados tiemblan, las empresas reacomodan cadenas logísticas y los países se ven obligados a elegir entre callar o pagar.
Pero lo más preocupante no es el impacto inmediato. Es la normalización de esta lógica: cada país por su cuenta, cada socio bajo sospecha, cada aliado a prueba. Ya no hay globalismo que valga, ni multilateralismo que frene el impulso del garrote. En este nuevo mundo, el diálogo es un lujo. Lo que manda es la tarifa.
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